miércoles, 16 de abril de 2008

Oda a los veinte duros

Últimamente mis post tienen menos contenido que las bolsas de Matutano, tengo que reconocerlo. Aún recuerdo cuando las pusieron a 25 pesetas, creo que ese fue un momento importante en nuestras vidas. Fue cómo una victoria de los jóvenes de este país sobre la industria de las bolsas de comida. Cobrar más de 25 pesetas era probablemente una de las mayores injusticias vividas en este país, porque no te cuadraban las cuentas a la hora de comprarte algo en el Frutosecos.

Ahora que estamos en tiempos de crisis económica, se supone que aprendes a valorar lo importante que es el ahorro y esas cosas, o dejas salir tus más bajos instintos de ratilla para desplegarlos en tu vida económica. Esos bajos instintos tienen origen en aquellos tiempos, los tiempos en que tu paga se reducía a veinte duros el domingo que tenías que administrar como si tu vida fuera en ello.

Como muchos de vosotros, cuyo perfil social-comunista os impedirá admitir, yo de pequeño iba a misa. Tenía una ropa nueva que normalmente me compraba para los grandes acontecimientos de mi pueblo para ponerme todos los domingos: una era la que compraba para el Dia de los Santos, que era la de invierno, y otra, la de San Antonio que era para verano. También tenía un abrigo nuevo, para los domingos, y otro para los días de diario.

El caso, es que los domingos recibía la moneda que formará parte de mi vida para siempre: los veinte duros. Significaban un poder absoluto, porque la moneda del pueblo llano eran los cinco duros y los veinte eran los importantes, de hecho, si me daban una de quinientas no tenían otra función que la de ser ahorradas, estabamos hablando de casi una fortuna.

Los domingos eran un día importante, porque por lo general, salías por la mañana, y también por la tarde, lo que significaba que esos veinte duros debían ser aprovechados de la forma más eficiente posible. Es lo que tiene la economía de mercado. Había varias posibilidades a sopesar.

En primer lugar estaban las chucherías, evidentemente ya tenías tus preferencias, casi siempre las mismas, con salvadas excepciones en las que tu Ferrán Adriá interior te obligaba a elegir una nueva, de características desconocidas, normalmente relacionadas con el sabor a melón. O el más cruel de los castigos, la que a tí te gusta se había acabado. Además, siempre delante de tus narices, veías al dueño llevarse una caja vacía y pegajosa, era tu caja, la de tu chuchería...

La segunda opción se llamaban máquinas recreativas. El timo del siglo XX señores. Cinco duros que normalmente eran tirados a la basura de la forma más simple. En la mayoría de los casos, primero tenías que comprarte algo, para que te cambiarán por monedas de cinco duros y así poder jugar a la máquina. La máquina tenía un enemigo esencial: tus padres. Les daba igual que te empachases y te tuvieran que hacer un lavado de estomago, por esa chuchería de sabor melón, siempre y cuando no tirases tu vida jugando a la máquina, de hecho, los niños que jugaban a la máquina eran desprestigiados, como si hubieran tomado drogas u otros canceres de esta sociedad al uso.

Es por eso, este mi homenaje a los veinte duros, la moneda que nos ayudó a entender lo díficil de la economía mundial, de los entresijos del Ibex-35 y demás historias, que no entendemos, ni queremos entenderlas escudándonos en nuestra ya conocida excusa: Soy de letras.

2 comentarios:

Nasics dijo...

yo una vez me encontré cinco duros de los del mundial del 82 y casi lloré de al emoción. Ha sido la única vez que me sentí rica.

Morena dijo...

Es muy cierto lo de las máquinas recreativas, a mí me vigilaban muy de cerca y siempre me decían que eran niños malos los que iban. Pero para mí, las paraetas (o puesto de chuches) eran el mejor lugar del mundo. ¿Os acordáis de aquellas pulseritas que eran caramelos circulares? Jo, esas valían 25 pts y claro, era sólo una chuche... había que reajustar el presupuesto (es decir, poner cara de pena para que te la compraran como extra).

PD: Sí, soy de letras, muy de letras, ¿y qué?